Recuerdos del huracán «Liza»; la catástrofe más grande que La Paz ha vivido

Recuerdos del huracán «Liza»; la catástrofe más grande que La Paz ha vivido

octubre 1, 2018 0 Por Sealtiel Enciso Pérez
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La antigua California ha sido azotada, desde tiempos inmemorables, por este tipo de temporales conocidos como “Ciclones” o “Huracanes”. En los libros “Noticias de la península americana de California” de Juan Jacobo Baegert e “Historia natural y crónica de la Antigua California” de Miguel del Barco, nos narran de forma cruda la devastación que causaban estos monstruos de la naturaleza en esta tierra e incluso cómo destruían los pocos plantíos y construcciones que con tantas dificultades levantaban y que al paso de ellos quedaban en nada.

Sin embargo,  en esta ocasión no voy a realizar un reportaje sobre lo acontecido en la antigua california al paso de estos eventos climáticos, sino trataré de hacer un ejercicio catártico al comentar cómo viví el terrible Huracán llamado “Liza” y la forma en que lo percibí a los 7 años de edad.

Recuerdo que en el mes de agosto de 1976 mis padres se trasladaron a esta ciudad de La Paz. Mi padre trabajaba como profesor de primaria en el medio rural, en una escuela unitaria enclavada en un rancho propiedad de una persona a la cual le apodaban “El camarón”. Este apodo se lo pusieron debido a que era una persona de tez muy blanca pero con el calor tan fuerte que hacía por aquellos lugares, a las primeras horas del día ya tenía la cara del color de un “camarón recién cocido”. Para finales de ese ciclo escolar mi padre había recibido su cambio de adscripción a esta ciudad Capital y decidió que la familia viniera a vivir aquí y él sólo regresarse a hacer entrega de las llaves de la Escuela así como de todo lo que estaba bajo su resguardo.

Recuerdo que mis padres rentaron unos cuartos recién construidos que se ubicaban en la esquina de las calles Constitución y Bonifacio Salinas Leal, en la Col. Guerrero. Nos inscribieron a mis hermanos y a mí en la Escuela Primaria “Gral. Vicente Guerrero” y así iniciamos nuestro nuevo ciclo escolar con los retos propios de esa edad y de incursionar en un nuevo contexto tanto social como escolar. Recuerdo que aquel día, el 30 de septiembre de 1976, era jueves; en la mañana habíamos acudido a clases de forma normal y ya para medio día empezaba a correr un viento fuerte y se sentía el clásico olor a “lluvia”, a “tierra mojada”.

Mi madre se paseaba muy nerviosa de un lado a otro de la casa, rece y rece. Ella en sus tiempos de soltera fue catequista y toda su vida una mujer muy devota. Recuerdo que no se quitaba de las manos un hermoso rosario que tenía y un libro que se llamaba “5 minutos” y del cual durante toda su vida siempre tuvo uno bajo su almohada. Nosotros como niños que éramos pues estábamos felices de no tener que ir al día siguiente a la escuela y nos la pasábamos jugando correteando en la casa. Fuimos de las pocas casas que tuvimos luz eléctrica hasta la media noche por lo cual nos pudimos dar cuenta que a partir de las 8 de la noche la lluvia se iba a incrementando así como las violentas rachas de viento. Frente a nuestra casa, por la calle Constitución empezamos a observar cómo crecía un arroyo, que incluso el caudal del agua llegó a tener hasta 1 metro de altura, lo que a mis pocos años de edad, me pareció un mar.

Recuerdo como a las 12 de la noche, antes de que se fuera la luz, el viento arrancó una lámina del techo de una casa vecina y lo aventó casi enfrente de un ventanal que estaba al frente de nuestra casa, con grave peligro de que en cualquier momento se volara y lo destrozara. En ese momento pasó por enfrente de nuestro hogar un soldado enfundado en un gran capote negro, de los que usan para no mojarse con la lluvia. Mi madre abrió la puerta y le gritó que nos ayudara, que por favor quitara la lámina. El soldado rápidamente se acercó a nuestra casa y quitó la lámina arrojándola al arroyo de la calle. Y así como llegó se fue, sin esperar a recibir las gracias.

Como a la 1 de la mañana mi madre nos tomó (a sus 3 hijos) y nos metió al baño de la casa, el cual estaba ubicado en el centro de la construcción y era el espacio más protegido. Ahí pasamos la noche. No recuerdo mucho lo que pasó porque al poco me quedé dormido. Al día siguiente me levanté como a las 8 de la mañana y al asomarme a la calle sólo vi el impresionante cauce que dejó el arroyo que corrió el día anterior. Se había llevado una gran cantidad de arena y tierra. A las 10 de la mañana llegó mi padre y todos nos abalanzamos hacia él uniéndonos en un gran abrazo.

Mi padre nos contó que el día anterior él venía en el camión de transporte “Águila” de Ciudad Constitución a La Paz. Salió a la 1 de la tarde del 30 de septiembre y llegaron a esta ciudad a las 2 de la mañana del 1º. De octubre. Lo anterior debido a que estuvieron sorteando una gran cantidad de arroyos que se formaron con la llegada del huracán “Liza”. Al llegar a la estación ubicada en la esquina de S. Degollado y Guillermo Prieto, el chofer se bajó y regresó a los pocos minutos diciendo que tenía órdenes de la policía de no dejar bajar a nadie por ningún motivo. Así que a regañadientes, mi padre y todos los pasajeros pasaron la noche en este camión. A la mañana siguiente, en cuanto les dijeron que podían bajar del camión, mi padre agarró sus pertenencia y a pie se vino a nuestra casa, como a unos 2.6 kilómetros de distancia.

Durante todo el mes siguiente recuerdo que pasamos muchas privaciones. No se conseguí fácilmente agua para tomar, menos para bañarse. Escaseaban todos los alimentos, el gas, la leña, la leche. Tuvimos que hacer largas colas para que nos vacunaran contra el Tétano y no sé qué otras cosas más. Todos los paceños pasamos duras pruebas.

En lo personal no me tocó ver ningún muerto de los miles que dejó el Ciclón “Liza”, pero un día escuché a mi padre que le decía a mi madre, con voz muy baja para que no escucháramos sus hijos: “Cuando venía para acá, después de bajar del camión… vi varias personas ahogadas en la calle, señoras, niños… algo muy feo. Algunos de ellos se abrazaban como tratando de que la corriente del agua no se los llevara. En mi trabajo me platicaron que un profesor muy querido por todos, en la noche del ciclón, cuando vio que el viento le voló el techo a su casa, metió a sus hijos y a su esposa en su carro para protegerlos… pero llegó un gran golpe de agua y se llevó el carro. A los días encontraron el carro cerca del mar… todos estaban ahogados”.

Todavía al recordar estos sucesos, se me ponen tensos todos los músculos y la sangre se me agolpa en la cabeza. Fue algo muy duro, muy triste, que uno no se lo desea a nadie. He pasado muchos huracanes después… pero ninguno, ni siquiera el “Odile” se le acerca al ciclón “Liza”, aquel ciclón del 30 de septiembre de 1976.